Renovando nuestras promesas

Esta reflexión nos recuerda los comienzos de nuestra fe y cómo continuamos desarrollándonos como adultos católicos, trabajando para fortalecer nuestra fe y trabajar a través de obstáculos en nuestras vidas que podrían convertirse en obstáculos para nuestro crecimiento como cristianos.

Comenzamos nuestras vidas como hijos de Dios con nuestros padrinos haciendo promesas en nuestro nombre en nuestro Bautismo. Los sacramentos de Primera Comunión y Confirmación son nuestras primeras expresiones de nuestra relación con Dios, y nuestras jóvenes promesas de seguir a Cristo. A medida que crecemos a lo largo de nuestras vidas, esos sacramentos y las promesas inherentes a ellos también crecen. Cuando experimentamos la reconciliación por primera vez o recibimos el cuerpo y la sangre de Cristo a través de la Eucaristía, nuestro puente de por vida para Dios ya se estaba fortaleciendo.

Nuestra devoción a San Judas es otro puente que une nuestros corazones con Dios. La esperanza de San Judas es un refugio para nuestros miedos y nuestra gratitud, recordándonos que nunca estamos solos y que su intercesión está ahí para nosotros. La compasión de Dios se revela continuamente a través de la esperanza de San Judas.

Hay un proceso espiritual único y tal vez sorprendente en el que estamos involucrados, ya que encontramos la renovación a través de los mismos sacramentos en cada etapa de la vida. Esto es especialmente cierto al recibir la Eucaristía, que pasa de ser un emocionante rito de pasaje al sacramento restaurativo que nos recuerda cada vez que lo recibimos que Cristo vive en nosotros. El ritmo que los sacramentos traen a nuestras vidas forma la base de nuestro continuo crecimiento en nuestra relación con Dios.

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"Quien se humilla de niño es el más grande en el reino de los cielos".

(Mateo 18: 1-4)